El cerebro de la bestia

Vendrán lluvias suaves

Sábado 4 de Mayo. 17: 00 hs. – Montevideo

Cae la tarde, y la lluvia. En la radio anunciaron alerta amarilla. Últimamente se vienen equivocando bastante. Para la semana de turismo habían pronosticado lluvias y brilló el sol en cada día. Vengo del vivero de Darwin, que queda a media cuadra de casa. Pasé por si había alguna novedad. No llegó nada nuevo. En otoño no se venden tantos plantines comestibles como en verano; algunas aromáticas, acelgas, lechugas, y poco más.  Este verano se fue sin muchas ventas. En enero Montevideo es una ciudad olvidada, y el consumo general se traslada a las costas del Uruguay. Febrero, el mes donde se supone repuntan las ventas, dejó apenas para comer. Darwin siempre dice “Estoy respirando negro, el resto se arregla”. El vivero es hermoso en su variedad floral, y es en donde tiene las mayores ventas, por decirlo de alguna manera.  Marzo fue igual a febrero, y abril igual a marzo.  Darwin cuenta que los feriantes ya no llevan las mismas cantidades.  No se pueden dar el lujo que les sobren algunos plantines o florales. Más vale que falte y no generar un excedente, que lleva luego costos en los cuidados y el transporte de la semana.

Al vivero siempre voy a última hora de la tarde, que me suelo encontrar con Agustín. Un hombre de campo, que vive en un barrio que alguna vez fue todo quinta.  Como se dice habitualmente, es un libro abierto, siempre tiene algo para contar y enseñar. Le debo otra calabaza, de las de mi huerta, una variedad barcelonesa, o al menos eso me dijeron. Es pequeña, del tamaño un poco más grande que una mano. Agustín dice que son ideales para que las personas las compren enteras, a diferencia de las calabazas grandes,  que se serruchan para vender en pedazos. Su sabor es muy dulce, diría que las calabazas más dulces que he probado. Incluso, y aunque no me crean, su aroma se asemeja al del melón. Como dije es de Barcelona, pero no sé su nombre botánico. Lo he buscado pero nada. Me fastidia un poco no saberlo, aunque para  Agustín no tiene mayor relevancia a la hora de extraer las semillas.  Ante una variedad desconocida, son los propios agricultores que hacen el bautismo, y de ahí en más es cómo se identificará ese alimento en el barrio, comunidad, ciudad, incluso un país.  Son apodos que la propia cultura alimentaria los transforma en nombres formales y legítimos.

Agustín anda en bicicleta, a pesar de sus ya pasados setenta años. Nunca le falta la boina, ni los pantalones anchos, ni sus botas de hule.  Y siempre alardea de su estado físico, de no tener panza, de su delgadez. Su imagen es la visión de pasado y presente, donde todo su entorno va cambiando cuando atraviesa las calles con su nave. 

La vida de campo se suele idealizar como solidaria, pero el hombre que compartió aquellos tiempos con los tanos del barrio en la producción de tomates derriba toda mitología del imaginario citadino. Cada tanto me cuenta de las competencias entre productores zonales y de los secretos familiares que nunca eran revelados.  Y si alguien sabía guardar secretos de campo, esos eran los tanos. Fueron los primeros en adelantar la siembra del tomate. La realizaban en invierno, con cajones de gran altura, donde se les colocaba un vidrio para su protección y  para aumentar la temperatura.  En noviembre, cuando otros agricultores recién estaban empezando a observar las flores de las plantas, los tanos ya estaban cargando  cientos de cajones en los camiones para todo el país.  Nadie tenía permitido entrar a la quinta, solo la familia.  

Hoy, toda aquella quinta es un barrio en la periferia de la ciudad, y en la periferia de ese barrio, al sur, chocando con la posmodernidad estampada en un shopping, se atrinchera la última quinta. El resto se transformó en parcelas, casas con grandes jardines frontales, y también en sus fondos. De los tanos, las calles del barrio, que son todas en referencia a Italia; Salerno, Taormina, Agrigento, Verona, Siracusa, entre otras. En los últimos años algunos nombres de otras calles del barrio fueron cambiados. Así es como trabajan los imbéciles de turno.

No hace mucho, los vecinos comenzaron a construir huertas, la excusa es siempre la misma, sus padres y abuelos cultivaban.  Así como los tanos lo hacían en este lugar, otros y en otros lugares tenían una similar actividad.  Y a pesar que no se puede comparar una quinta con una huerta; ni en sus fines, ni en sus objetivos, y mucho menos en el estilo de vida, hay pasados que no conocen de tiempos. Así como Agustín, para quien lo observa, rompe tiempo y espacio por las calles tanas con su nave estelar, la producción de alimentos parecería ligada íntimamente a nuestras fibras más instintivas que cada tanto golpean las puertas de forma caprichosa.

Domingo 5 de mayo. 15: 30 hs. – Montevideo

 Ha parado de llover. No hay viento. Está nublado y se esperan algunas lluvias más.

Notas: El título del artículo es una referencia al poema de Sara Teasdale, del mismo nombre.  El poema aparece de manera íntegra en el relato de  Ray Bradbury, con el mismo nombre, perteneciente a la colección Crónicas Marcianas. 

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