El cerebro de la bestia

El árabe que regalaba huevos de pascua

Cuando llegó el árabe, éramos los mejores exploradores del mundo.  Nos metíamos en las cloacas para encontrar algún botín escondido por ladrones de bancos; subíamos a grandes árboles para ver más allá de lo que los demás podían ver; y corríamos al costado del arroyito para descubrir alguna especie nueva de anfibio. Teníamos todo un campo, donde observamos a las liebres siendo correteadas por perros que nunca las alcanzaban, caballos, vacas, y ovejas, que los vecinos llevaban a pastorear. Todo tipo de árboles y arbustos. Recuerdo un arbusto en particular, que daba unos frutos rojos, y los mayores nos advertían que nunca los comiéramos, que eran venenosos. La laguna, que más bien era un pantano, nuestro lugar prohibido. Allí habitaban cocodrilos que se transformaban en dragones. Lo sabíamos porque la piel del cocodrilo y la de los dragones son iguales. Si a un cocodrilo le pone alas, entonces tendrá un dragón.  Así como los renacuajos se transforman en ranas, los cocodrilos en dragones. Al sur del campo, cruzando el arroyito y luego de una empinada arbolada, había un molino. Allí el árabe construyó su gran mansión. Su predio, hacia el norte, llegaba hasta Camino Olivos Negros. Hacia el este, cortaba y atravesaba uno de nuestros caminos favoritos, en donde casi en el final estaba el árbol más grande que habíamos visto. Ahora se interponía un gran alambrado. Del otro lado y donde antes trepábamos el gran árbol, veíamos algo parecido a un campo de golf, custodiado por dos perros Dóberman. Se decía, que el árabe también había construido, cerca de su mansión, grandes estanques para peces de infinitos colores. Parte de nuestro territorio había sido modificado. Pero solo un poco. El resto estaba intacto e igual que siempre; La laguna y el arroyito seguían siendo nuestros, al igual que la mayoría del territorio.

Nadie le veía la cara al árabe. Las ventanas de sus autos lujosos eran negras, impenetrables. El portón eléctrico se abría y cerraba rápidamente tras la entrada o salida de un vehículo. Apenas podíamos observar, que también habían pequeñas casas. Tal vez para sus empleados. Desde el primer año instalado, el árabe comenzó a regalar huevos de pascua a todas las personas del barrio. A primera hora de la mañana de cada domingo de pascua, se podía apreciar la gran fila. Todos querían ser los primeros para no quedarse sin su regalo, aunque en realidad, se regalaba durante todo el día. No hay testimonios de que alguien alguna vez se haya quedado con las manos vacías. Por supuesto, el árabe no lo repartía en persona. Esa tarea la hacía algún empleado o familiar. Acaparaba el boca en boca. Y no solo los domingos de pascua. Reservados para algunos vecinos, los invitaba a un gran festín para despedir cada año. Manjares que nadie se podía imaginar en una sola mesa.

El tiempo pasó. De mi parte, los fines de semana comenzamos a disfrútalos en la chacra que habían adquirido los abuelos en el departamento de Canelones. Los viernes al mediodía, al salir de la escuela, nos dirigíamos a casa para almorzar, y luego nos tomábamos el interdepartamental. En la parada, al bajar, siempre estaba la abuela. A partir de ese momento, cada fin de semana y día festivo, eran en la chacra de los abuelos.

Así como nosotros dejamos de ir al campo, también lo dejaron de hacer el resto de los vecinos. Los caminos que alguna vez utilizamos fueron sepultados por chircas. La entrada principal, fue cercada por la reproducción natural de cañas, libres de pisadas y huellas. Los ambientes cambian a la par de las personas.

No recuerdo la edad que tenía, pero estaba bastante crecidito, cuando me enteré que el árabe había muerto. Los exploradores no volvimos a recorrer aquel campo. Allí se encuentra, más silvestre que nunca, con sus liebres, renacuajos, frutos venenosos, y con cocodrilos que se transforman en dragones.

Dedicado a «Los exploradores» y a el árabe

Nota:

El relato está inspirado en hechos reales.

«Camino Olivos Negros» no existe. Es ficticio. 

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